Del rojo al negro

Recuerdo nuestro refugio

de hoguera y tierra estiercolada

donde nunca se humedecieron gemidos

ni evaporáronse lágrimas.

Aquel suroeste

habitáculo del quinto lustro

transmutó el cementerio consagrado

a la Rosa de los Vientos

en solar de remembranzas viajeras.

Antaño,

en mis recovecos copulaban pasiones

por atravesar el Mar Rojo

abrazada al barco anclado

en la montaña de Marte.

Tu espejo en celo subordinome

firmeza dorsal

Verte escapar

divinamente desquiciado

Hogaño,

el alevoso retiro transportome

de una noche agonizante

a la luna de los muertos.

Veladas devienen edificando fogatas…

Compañero impenetrable

insobornable

tu flamante naufragio al aire

consigna besos

encala palabras en muros

abandona mis orgasmos.

Convulsión en sábanas solitarias…

Desenmascarada me enfrentas vacía

entre rubíes y obsidianas oscila mi vida.

Idolatrada imagen de Jano

abre las puertas solsticiales

la sangre del toro implora sacrificio.

Penetra mis llagas

desliza mi cuerpo por tu espada.

Cuando el zumo se fermente

ocultame al abrigo del eclipse

Y tiñeme de rojo

para llegar al negro.

 

Imagen de: Julián Aragoneses, “Rojo & negro”, 2006.

 

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The End

The world’s disgrace

peace too far off shore

As the superior race

would you damage more?

 

Look bold fonts of words

blow the news, blow the news

Wide was the wound

 

Will be no tomorrow

devastation grows today

Time cannot borrow

days before yesterday

Entre flores y una mágica neblina: Xochitlán

En todo lugar mágico las leyendas circundan el ambiente, por lo que este sitio enclavado en la sierra norte de Puebla no escapa de ellas. Así, se dice que en tiempos antiguos, durante una reunión de pueblos vecinos a la zona, dos niñas decidieron ponerle nombre al paraje donde jugaban: la gran variedad de flores aledañas inspiró a la pequeña nahua a llamarle xochitl (del náhuatl: flor), a lo que la chiquilla totonaca agregó tlan (del totonaco: es bueno, es posible, está bien). Desde entonces la colorida zona se conoce como Xochitlán, “lugar entre flores”.

Esta caprichosa tierra se ubica al norte del Estado de Puebla, en el kilómetro 97 de la carretera estatal interserrana que va de Zacatlán de las Manzanas a Zacapoaxtla, la que a su vez se desprende de la carretera federal 119. Se puede llegar en carro o mediante las combis y microbuses que salen de los municipios mencionados.

La travesía está plagada de ascensos y descensos, ya que la accidentada región pertenece a un complejo montañoso formado por serranías individuales que se comprimen paralelamente unas contra otras, entre las que se insertan diversas altiplanicies intermontañas que se van escalonando desde el centro al declive del Golfo.

A pesar de las cerradas curvas del trayecto, la mirada se deleita con extensos bosques de coníferas, enormes helechos e innumerables torrentes de agua. Después de un recorrido de tres horas, el Mirador “Balcón del Diablo” es la antesala al florido sitio, desde el cual se dominan los elevados cerros que lo rodean: Elotépetl, Mezcaltépetl, Otzolotepec, Catzunin y el gran Ixtaczayo, así como los amplios cañones que ha labrado el río Zempoala.

Xochitlán da la bienvenida con una hermosa calzada que se abre frente al monumento pétreo que recuerda le leyenda relacionada con la toponimia del lugar. Al introducirse por ésta, la avenida Vicente Suárez, la tradición vernácula de las casas salta a la vista, mientras el sonido del cauce de los arroyos y caídas de agua circundantes nos embarga de paz. Y es que el pueblo se levanta entre los jóvenes e impetuosos ríos Apulco, Zempoala, Cuxateno y Cozoltepec, de los que nacen una serie de arroyos intermitentes como el Apipis, Questepolapan, Pecapan, Santa Elena y Ateno.

La estampa arquitectónica consiste en casas con techos de teja, encaladas, con viguería de madera y guardapolvo, edificadas al costado de zigzagueantes calles escarpadas y empedradas. Asimismo, por doquier hay escalinatas que aligeran las empinadas pendientes y bardas de piedra que ayudan a encauzar la lluvia. Una nota característica es que la mayoría de las viviendas están habilitadas con algún comercio en la planta baja de las mismas, guardando el gusto y la personalidad de sus ocupantes.

El centro se encuentra delimitado por el Portal Juárez, la Plaza Josefa Ortiz de Domínguez y la Parroquia de San Bartolo. Sobre la arquería de dicho portal descansa el edificio que desde 1959 alberga a la Presidencia Municipal y sus fuerzas de seguridad pública, así como a la biblioteca pública “José Ma. R. Gómez”, cuyo nombre hace honor al compositor y poeta oriundo de Xochitlán, a la que acuden decenas de estudiantes pertenecientes al sistema educativo formal e indígena.

Por las mañanas tiene lugar un espectáculo maravilloso en la plaza central. Uno puede sentarse en alguna de sus bancas y escuchar la sinfonía compuesta por cenzontles -las “aves de cuatrocientas voces”-, escandalosos loros y golondrinas de pecho amarillo o de collar, al tiempo que vuelan pájaros carpinteros y las palomas buscan qué comer. Después de un rato el canto de las aves se va entremezclando con el melodioso sonido del náhuatl, pues los lugareños comienzan a llegar para instalar alrededor de la fuente el tianguis que por tradición abastece a la población, a pesar de que a pocos metros se encuentre el mercado.

La mayoría de las mujeres porta el vestido tradicional: blusa blanca de algodón bordada con hilos de rayón de vivos colores o chaquira, representando diversos motivos florales o animales; falda de algodón gris, negra o café con delicadas líneas blancas; y rebozo de color oscuro sobre los hombros o circundando la cintura. Las de mayor edad acostumbran usar el enredo, que se acomoda en la cadera formando pliegues que caen hasta los tobillos y se sostiene con  una faja de lana, y el quechquémetl con su elegante escote de forma triangular.

Sobre sus lomos cargan, haciendo alusión a su belleza femenina, gran variedad de flores de la zona que envueltas en sus rebozos llevan a vender al mercado local: la representativa y bella xiloxóchitl, azucenas, dalias y, dependiendo de la fecha, el cempuaxóchitl del día de muertos y la flor de nochebuena.

Por su parte, los hombres van ataviados de camisa y calzón de manta, cotonchiche o chaleco de lana de color oscuro, sombrero de palma, huaraches de suela de llanta y morral. Pocos son los que se visten de manera urbana, pero el machete colgando no le falta a ninguno. Ellos se encargan de comercializar maíz, frijol, café, cacahuate, huevo, papas, aguacates y otros productos agrícolas.

Ahí mismo, en la plaza central, se reserva un espacio cívico entre el asta-bandera y el monumento a Vicente Suárez, quien murió al defender la patria contra el imperialismo norteamericano a los 13 años de edad según lo cuenta la historia oficial. Tal es la importancia del heroico cadete que en 1982 el Congreso autorizó a los lugareños que el municipio se llamara Xochitlán de Vicente Suárez, en vez del nombre de Romero Rubio con que se constituyó y, desde entonces, se coloca un arreglo floral a los pies de la broncínea figura.

También, a primera hora del día, los fieles desfilan por el atrio de la parroquia del siglo XVII para acudir a misa. Sin embargo, es el 24 de agosto cuando ésta se atiborra para festejar a San Bartolomé con juegos pirotécnicos, danzas de quetzalines, voladores, tejedores, huehues, jaripeos y baile popular. Aunque el Santuario de la Virgen de Guadalupe sobrepasa en belleza a la parroquia, en realidad se acude más a este espacio para observar una panorámica del pueblo y la sierra, apreciándose la procesión religiosa que cada viernes sale de la Capilla del señor del Calvario y la neblina que cubre a la región al ocultarse el sol.

Por la tarde el aroma de la cocina invade el ambiente y no hay estómago que se resista al chilpozonte de gallina o res, al típico mole poblano, a las conservas de frutas y a refrescantes bebidas elaboradas con raíz de yuca. Con esto hasta los animales se alborotan, pues por todos lados se ven lagartijas, codornices, gallinas, ardillas, conejos y todo tipo de ganado vacuno, porcino y caprino que por necesidad se instaló a partir de la quema de la cosecha del café.

Mientras tanto, en las afueras el paisaje natural ofrece sitios recreativos como los pasadizos subterráneos con fuertes corrientes de agua en las grutas Santa Elena y Ocotzoltepétl, la pesca de truchas en los ríos Ateno y Zempoala, así como el nado en la Poza Verde rodeada de elegantes garzas.

Al anochecer, antes de que la lluvia arrecie, se puede caminar por las calles y dejarse seducir por el colorido y agradable olor de gachupinas, huele de noche, tepelcatl, chamaquil y ocotzolxóchitl; escuchar las melodiosas cuerdas de violines y guitarras que tocan en los portales mientras se bebe yolixpa, licor de café y vinos serranos de frutas; o bien, unirse con los lugareños para jugar billar o practicar baloncesto en alguna de sus tantas canchas.

Así, Xochitlán de Vicente Suárez fusiona los caprichos de la naturaleza en encantadoras estampas, extiende su hermosa alfombra de flores para recibir a los visitantes, con su mágica neblina convierte al pueblo en escenario legendario y mediante la embriaguez de su hospitalidad se aloja en nuestra memoria.

Máscaras: imágenes crisálidas

Dentro de las manifestaciones culturales, la creación de máscaras ha sido un componente imprescindible por su sentido utilitario. En su reducción a un rostro permiten transformaciones simbólicas cargadas de misterio, expresan parte del proceso vital o representan circunstancias históricas.

La facultad de transfiguración, de facilitar el traspaso de lo que se es a lo que se quiere ser le otorga el carácter mágico tan presente en la máscara teatral griega y japonesa, en la religiosa africana u oceánica, en la funeraria o sagrada mesoamericana, así como en la emparentada con celebraciones sincréticas, ya sea en danzas o carnavales.

Desde tiempos remotos el fuerte sentido estético ha sido condicionante en su elaboración, aunque la técnica y los materiales se encuentren sujetos a lo espacio-temporal. Hay máscaras de madera, cuero, piel, papel maché, cartón, tela, lámina, guaje, caparazones, hueso, cerámica, barro, porcelana, metales y piedras semipreciosas. Pueden estar talladas, labradas, moldeadas o vaciadas y se adornan con pintura, pedazos de vidrio, crines, listones, mosaicos, conchas, cascabeles, fibras vegetales, cornamentas o espinas.

Las máscaras constituyen un complejo universo de formas y situaciones. De ahí que en todo tiempo y lugar hayan existido ceremoniales y lapidarias, y que aún sigan siendo parte esencial de representaciones y bailables dramáticos relacionados con temas morales e históricos, o bien, con celebraciones religiosas.

Por lo general sus hacedores son del sexo masculino. Para ellos, elaborar una máscara es el cumplimiento de una obligación para con la comunidad. La importancia es tal que en ocasiones las máscaras se tienen que destruir después del evento en que se usaron o se guardan celosamente para ser repintadas cada año.

Hay máscaras únicas, inconseguibles, así como otras muy especiales, entre las que se encuentran las que se usan en las ceremonias de iniciación de algunos pueblos de Oceanía donde los jóvenes  mantienen los ojos cerrados y el rostro cubierto por una máscara de greda blanca mientras un sabio anciano dicta las órdenes.

Un ejemplo claro de metamorfosis por medio de estos elementos se da en la India cuando Shiva crea un monstruo leontocéfalo de insaciable apetito que come de su mismo cuerpo al reducirse a su aspecto de máscara. La creencia de que las máscaras asumen el espíritu que las representa ha llevado a que en Indonesia se utilicen imágenes demoniacas a la entrada de una casa para ahuyentar las esencias malignas.

En Mesoamérica florecieron las artes lapidarias siendo las máscaras parte activa de este acervo. Realizadas en turquesa, obsidiana, cristal roca, andesita, basalto, mosaico, ónix… y en el estimado chalchihuitl o jade, muy diferente a las comerciales piedras de jadeíta, mármol serpentino y calcita coloreada, eran exquisitamente talladas por medio de una cuerda, arena abrasiva y cañas huecas o huesos de aves como taladros.

Representaban rostros humanos con dramático realismo o con rasgos divinos, así como imágenes de animales para obtener los poderes de éstos. La importancia de las máscaras era tal que en la región de Mayapán para el culto a los antepasados bastaban altares domésticos que contuvieran máscaras de resinas con formas de calaveras de los príncipes y nobles fallecidos, o máscaras de madera con el rostro de los antecesores.

Hoy día, las máscaras son de las pocas artesanías mundiales, pues forman parte de todas las culturas y han ido de la mano con la historia de la humanidad. Es por ello que son verdaderas piezas de colección, sobre todo cuando están “bailadas”, es decir, cuando se crearon ex profeso para alguna danza o carnaval, de lo contrario se consideran piezas falsas con simples fines ornamentales.

Los materiales utilizados, la existencia de un mascarero de oficio, la frecuencia con que se ejecuta la danza, la disposición de los danzantes para deshacerse de sus máscaras, además de la distancia y condiciones de viaje hasta la comunidad que celebra la fiesta, son factores determinantes del valor de cada una de estas bellezas artesanales, por lo que el costo en el mercado oscila entre 300 pesos y tres mil dólares.

México tiene una fuerte tradición en la elaboración de diversas máscaras asociadas con la adopción de otra identidad y con celebraciones sincréticas, por lo que hasta las fabricadas en esta época se encuentran firmemente enraizadas con las prehispánicas y coloniales. Ejemplo de ello es la gran variedad de caretas de jaguar realizadas a lo largo del territorio.

Cabe recordar que el motivo del jaguar es uno de los más poderosos símbolos precolombinos. Se halla en estelas y altares mayas, aztecas, toltecas, mixtecos y olmecas, repitiéndose frecuentemente en los códices. Por tanto, hay muchas versiones dancísticas, destacando aquellas relacionadas con poder cambiar un mundo amenazante en uno protegido, así como las adaptadas para ciclos agrícolas o batallas rituales.

La espléndida mascara Negrito con sus cuatro pies de cascada en coloridos listones de seda y sus facciones europeas es una reliquia michoacana asociada con la riquesa y el poder, dado que la gente negra era comprada como esclava para otorgar estatus a sus propietarios.

Todas las máscaras encierran u sentido sagrado y misterioso que busca trascender más allá de los atributos propios para adquirir la fuerza del tigre, el poder de la muerte, la hombría de los tlacoleros de Guerrero, el señorío de los tastones de Zacatecas, la belleza de los parachicos de Chiapas, de los talxcaltecas, o los pequeños cuanegros de Hidalgo, la agresividad de los diablos de Jalisco, la solemnidad de los cúrpites  de Michoacán, la fiera cara de los moros, la hipocresía de los fariseos, la dulzura de una vaca o un venado, la gracia de los pájaros y, también, sirven para librarse de todo lo malo e indigno.

Considerando esto, tener máscaras es una forma de buscar protección, de reflejar nuestra personalidad o de poder gozar  de unas maravillosas imágenes crisálidas capaces de evocar historias y transmitir sensaciones diferentes día con día desde el infinito vacío de sus ojos.

La línea dinámica del Art Déco

Un carácter esencialmente antinaturalista constituyó el supuesto del ejercicio artístico del siglo XX, por lo que todas las direcciones progresivas del arte renunciaron el efecto de la ilusión de la realidad y comunicaron su imagen del mundo y su sentimiento de la vida mediante una deformación a menudo extrema de la experiencia empírica.

De este impulso antiimitativo surgió el credo del movimiento modernista y del manifiesto futurista redactado por Marinetti en 1909, atacando la doctrina de lo “orgánico” al admitir el principio mecánico, maquinal y dinámico, cuya “reproducibilidad técnica” sustentaría después el filósofo Walter Benjamin como origen del arte moderno.

En este marco, escuelas como la Secesión Vienesa en Austria, la Glasgow en Escocia y la Deustshenwerkbund alemana se interesaron por los diseños geométricos y lineales, ejerciendo influencia sobre las artes aplicadas que desde el movimiento inglés Arts and Crafts, fundado por William Morris a fines del siglo XIX, ya habían adquirido un papel protagónico.

Son entonces los objetos de uso cotidiano y suntuario los que se nutrieron de estos principios estilísticos acordes con el progreso tecnológico, con la incursión de la máquina en la vida diaria y, por tanto, con el desarrollo industrial que permitió la producción en serie y su distribución en mercados competitivos.

Así, enseres domésticos, artículos personales y objetos decorativos invadieron los almacenes mexicanos, al igual que el resto del mundo, cubriendo necesidades básicas y creando otras que conformaron el nuevo gusto de la clase alta y de la clase media emergente, además de incitar la producción de modelos de factura nacional.

En este tenor, los promotores de la estetización tecnológica como forma placentera de vida decidieron ir más allá del esparcimiento y la actualización de tendencias, modas y actitudes, dando lugar a la materialización de la atmósfera del Art Déco a través de los medios de comunicación.

Y es que fue con las publicaciones periódicas que se trazaron los lineamientos del diseño gráfico como trabajo publicitario, el cine y el teatro promovieron los estereotipos conductuales y de arreglo personal, al tiempo que el alarde por la radio impuso el gusto por la música  y los ritmos de moda.

Tras esto, la tendencia del Art Déco internacional como finalidad decorativa en las artes aplicadas respondió a intenciones locales y se convirtió en un estilo de vida propio de los cambios ideológicos y de los avances tecnológicos, renovando con ello el lenguaje plástico mexicano.

Hieratismo, repetición de elementos, dinamismo, geometrización y refinamiento de motivos cada vez más discretos y sobrios del Déco internacional se fusionan en nuestro país con las líneas zigzagueantes y los motivos simples y esquemáticos del legado prehispánico y popular.

Cabe recordar que Manuel Gamio y su proyecto de rescate arqueológico en Teotihuacan, el Dr. Atl y su exposición de arte popular para conmemorar el centenario de la lucha independentista, la inauguración del Museo Nacional de Arte Popular y el plan educativo nacional vasconcelista fueron algunos de los factores que condujeron al rescate y promoción de un sentido identitario.

Por tanto, inspirado en nuestro legado cultural e impregnado de símbolos nacionales, el Art Déco logró la estilización y el sincretismo que en México lo caracterizaron, ampliando sus horizontes a las demás manifestaciones artísticas y conformando un espíritu nacionalista con atmósfera cosmopolita.

En consecuencia, renació la orfebrería mexicana con diseños plenos de creatividad que sintetizan motivos prehispánicos, populares y coloniales con formas vanguardistas, además de convivir con materiales diversos como incrustaciones de maderas tropicales y piedras semipreciosas. Entre los plateros destacaron Antonio Castillo Terán del Taller Los Castillo, Ana Núñez Brilanti del Taller Victoria y los californianos William Spratling y Frederick Davis.

La escultura, exenta o adosada a los muros arquitectónicos, proyectó un impulso visual al convertirse en un estilizado componente decorativo, cuya renovación estuvo en las manos de Luis Ortiz Monasterio, Oliverio Martínez, Guillermo Ruiz, Fidias Elizondo y Ernesto Tamariz.

A su vez, los valores de la nueva ideología progresista se evidenciaron en la plástica mediante el contenido temático: la mujer como personificación de los cambios de actitud, el deporte como actividad que fortalece el espíritu y las novedades tecnológicas como síntesis del progreso. Abelardo Carrillo y Gariel, Cecil Crawford O’ Gorman, Fermín Revueltas, Ángel Zárraga, Jorge González Camarena, El Corsito y Federico Cantú, entre otros, enriquecieron iconográficamente sus obras con estos temas de orden social.

La arquitectura, como protagonista e integradora del Art Déco, se valió de la aparición del concreto armado para reafirmar su carácter de modernidad. Federico Mariscal, Francisco J. Serrano, Juan Segura, José Luis y Ernesto Buenrostro experimentaron con esa nueva posibilidad constructiva.

En lo urbano no sólo se hizo uso del estilo para reafirmar el modelo de la arquitectura moderna mexicana, sino que también se buscó satisfacer el gusto de la joven clase media por medio de la fundación de colonias como la Hipódromo Condesa.

De este modo, escultura, pintura, arquitectura, fotografía, gráfica, diseño gráfico e industrial,  artes aplicadas, orfebrería, textiles y muebles se inscribieron en el Art Déco, cuya línea dinámica característica permite corroborar que el criterio esencial de una vanguardia auténtica estriba en el anhelo de romper todo tipo de barreras separatistas entre la vida y el arte.

A Murat

Mi Coco adorado,
Hoy fui con mis lágrimas y mi añoranza
al lugar donde yaces…
Ni los pájaros podían romper el silencio del llanto
ni el calor podía cobijar el frío vacío de tu ausencia.
En la resistencia a aceptar,
en el aferrarme a tu gracia,
la sensación de dulzura de tu presencia
resolvió mi sollozo en vapores…
Sentí que mi amor se saciaba en el aire
en la tierra húmeda
en las ramas floridas
en la sombra del encino que alimentas…
Estás en el Universo
estás en mi Ser…
y seguirás haciendo mis días inmortales
por tu presencia…

Te amo, por siempre.

Cuicuilco… una ciudad sepultada por la escoria

Al suroeste de la cuenca de México, en una llanura surcada por extensos arroyos que desembocaban en el lago de Xochimilco, cercada por el Cerro del Papayo y los volcanes Xitle ─en las faldas del Ajusco─ y el Popocatépetl e Iztaccihuatl estableciendo los ortos solares en su traslado del invierno a la primavera, se establecieron los fundadores de una de las aldeas conformadoras del periodo “arcaico”.

Así, hace tres mil años, esta planicie boscosa rica en flora y fauna silvestre permitió la formación de una laguna en su parte central, en cuyas orillas se desarrolló una importante población prehispánica que más tarde los mexicas bautizarían como Cuicuilco, la “ciudad que canta”.

Llegaron a ser 40 mil habitantes cuicuilcas, organizados socialmente en campesinos, sacerdotes y gobernantes. Sus vidas transcurrían entre el juego de pelota, la producción de cerámica, el intenso trueque con los asentamientos aledaños y el culto al fuego, representado por el dios viejo Huehueteotl-Xiuhtecuhtli.

Esta divinidad buscó manifestarse tras varias erupciones de ceniza volcánica, por lo que los cuicuilcas se vieron en la necesidad de abandonar su bella ciudad revestida de barro policromado, con todo el sistema de drenaje, canales y contenedores de agua, al capricho eruptivo del Xitle que por algún motivo había decidido frenar este importante desarrollo urbano.

En pocas horas del día Nahui-Quiahuitl del año Tecpatl (24 de abril del 76 d.C), bajo la lava volcánica quedaron enterrados los vestigios de la cultura que rivalizaba y competía con Teotihuacan, convirtiéndose así en el esqueleto del paisaje…

Tras varios siglos sepultados, los historiadores decimonónicos Francisco Chavero y Francisco del Paso y Troncoso, a su paso por este fértil habitáculo natural, presintieron la existencia de un complejo urbano recubierto por material ígneo. Sin embargo, a falta de conocimientos en la materia, las primeras exploraciones se iniciaron hacia 1922 por la astucia visual del entonces director de Antropología del gobierno mexicano, Manuel Gamio.

Con mochila en mano y con la idea sembrada de encontrar vestigios de la cultura “subpedregalense”, descendiente de la Gran Olmeca, Gamio se dio a la tarea de recorrer el pedregal de San Ángel. La suerte del destino le mostró un montículo de piedras que parecía luchar por asomarse entre la lava petrificada que yacía en un llano conocido como San Cuicuilco. Ante esto, pensó que se trataba de un promontorio arqueológico y decidió explorar los estratos profundos bajo el manto eruptivo del Xitle.

Aprovechando el programa de investigación sobre las culturas arcaicas que en la segunda década del siglo XX promovía la Dirección de Antropología de México, época ávida de forjar una identidad nacional, así como el convenio establecido por esta misma instancia con la Universidad de Arizona para el intercambio de técnicas y métodos de exploración en monumentos arqueológicos, invita a colaborar en el proyecto al precursor de la arqueología en Norteamérica, el “Decano” Byron Cummings, quien se encargó de las primeras excavaciones en el terreno, las que demostraron que, en efecto, había un basamento muy antiguo.

Por la relevancia del descubrimiento para poder explicar la aparición y desarrollo de las sociedades estratificadas, el arqueólogo Cummings solicita extender su permiso por un periodo de 16 meses, de 1924 a 1925. Además, la National Geographic Society otorga un considerable apoyo financiero para llevar a cabo la investigación sin contratiempos. Con estos recursos se contrataron carros, rieles de minas y más trabajadores, de modo que la lava y los escombros se retiraron en poco tiempo.

A la luz se descubren dos tercios del cuerpo de una pirámide circular, así como los restos de dos rampas que permiten acceder a la parte superior del basamento, por su lado oriente y poniente, coincidiendo por lo tanto con la salida y la puesta del Sol. Del centro surgen una serie de altares superpuestos que determinaban, por lo menos, seis ampliaciones del monumento. Asimismo, al sur de la rampa poniente se encontró un interesante adoratorio construido con grandes lajas volcánicas, la “kiva”, cuyo interior ostentaba complejos diseños pintados con rojo de hematita, así como tres anillos concéntricos de piedra, a los que atribuyó un sentido mágico de protección, es decir, un tipo de barrera mágica destinada a proteger al edificio de las fuerzas naturales que lo amenazaban.

Esta interpretación, considerada entonces “poco científica”, dio lugar a un sinnúmero de críticas por parte del arquitecto Marquina y, por si fuera poco, fue el inicio de una mala jugada del destino que le truncó su labor de investigación en la zona. En consecuencia, mientras esperaba el tren Southern Pacific que lo llevaría de regreso a Tucson, Arizona, en la estación ferroviaria de El Paso, Texas, le robaron su elegante portafolio donde guardaba todas sus notas sobre Cuicuilco.

A pesar de no poder justificar por completo su estancia en México debido a la pérdida de sus apuntes, la profesionalidad de Cummings le instó a publicar los tres artículos que han servido de base a muchas de las investigaciones actuales. En ellos describe la avanzada organización sociopolítica de las culturas arcaicas y sustenta un horizonte temporal muy amplio para su desarrollo, dividido en tres periodos.

Después de Cummings, la zona tomó un descanso hasta 1958, fecha en la que algunos arqueólogos retomaron el proyecto por breve tiempo y sin preocuparse por publicar resultados. Al respecto, Heizer y Bennyhoff excavaron pozos estatigráficos, obteniendo una secuencia cerámica correspondiente al periodo preclásico (650-300 a.C), mientras que Palerm y Wolf demostraron su importancia dentro de las manifestaciones tempranas de las altas culturas en Mesoamérica. A partir de estas exploraciones, Cuicuilco pasó de nueva cuenta al olvido por casi una década.

A fines de los años sesenta, con motivo de la construcción de la Villa Olímpica para celebrar los Juegos Olímpicos de 1968, se detectaron estructuras prehispánicas conformadoras de una gran ciudad, cuya relevancia y extensión corroboraban su comparación con Teotihuacan. Sin embargo, la idea de “progreso” que prevalecía bajo el gobierno de Díaz Ordaz, aunada a la celebración en puerta, dictaminaron que al igual que el movimiento estudiantil, los teocallis fueran destruidos en su totalidad para dar lugar a construcciones modernas. Incluso, el inamovible diseño de una alberca para el Centro Deportivo obligó a la amputación de una de las pirámides más interesantes. No había recursos para el rescate arqueológico, pero sí los suficientes para llevar a cabo diversos proyectos conmemorativos.

No obstante, cabe señalar que en este contexto sí hubo tres monumentos precolombinos “rescatados”, pues de cierto modo era importante mostrar al mundo “algo” de nuestro pasado dado que el evento deportivo y sus pormenores se transmitirían por televisión.

Tras esto, tuvieron que pasar más de dos décadas para que, en 1995, la Dirección de Investigación y Conservación del Patrimonio Arqueológico del INAH, considerara entre sus prioridades reabrir las investigaciones arqueológicas en Cuicuilco. De acuerdo con las reflexiones de Cummings, se tuvo el propósito de determinar el papel del sitio en el origen y desarrollo de las sociedades estratificadas durante el periodo formativo tardío (600 a.C. a 100 d.C), lo que implicaba reevaluar el preclásico en la cuenca de México.

Por tanto, de marzo a junio de 1996, antes de la época de lluvias, el INAH reinició las excavaciones a cargo de los arqueólogos Mario Pérez Campa y Javier López Camacho. En la parte superior se encontraron más altares de tierra compactada, pintados de hematita roja, que además de marcar las diferentes etapas constructivas, proporcionaron datos nuevos sobre prácticas religiosas. Los extremos oriente y poniente del andador sur enriquecieron la información arquitectónica y develaron varios entierros humanos en vasijas. Cabe señalar que el primer piso de ocupación del valle se encuentra a 3.5 metros por abajo de la pirámide circular.

Sin embargo, al pie del andador sur, justo donde Byron Cummings descubrió en 1925 el triple anillo de piedras al que le otorgó un sentido mágico, ocasionándole momentos amargos, se encontró que los círculos se interrumpían por una cámara rectangular, en cuyo centro había un pequeño monumento en forma de pilar y, alrededor del cual, yacían restos humanos.

Su evidente importancia y la alta probabilidad de que hubiese una ofrenda, centró la atención de los especialistas en dicho montículo. Para sorpresa de muchos, salió airosa e inclinada ligeramente hacia el sur una enorme columna de andesita, de 4 metros de altura, labrada con motivos geométricos y que los fechamientos por radiocarbono le dieron una antigüedad de 3 mil años, lo que la apuntaló como la estela más temprana conocida hasta ese momento.

Con forma de obelisco, en su cara norte presenta esculpidos cuatro rombos sobre dos series paralelas de ocho círculos cada una. A un costado de su base muestra pintura roja y, quizá para mantener su verticalidad, estaba rodeada por un anillo de cantos de río. Estas características no se repiten en otras culturas, lo que abre una serie de incógnitas en torno al significado-significante del monumento.

Es probable que guarde una similitud con las pequeñas hachas que se ubican dentro de las 16 figuras humanas que componen la Ofrenda 4 de La Venta, lo que corroboraría su descendencia olmeca. Lo cierto es que hay varias hipótesis al respecto: los círculos emergiendo de los rombos, como símbolos de lluvia, la relacionan con la fertilidad; su forma indica que es el primer “árbol-monstruo reptiliano”, mismo que apunta hacia el centro del mundo y comunica los tres planos del universo prehispánico ─inframundo, tierra y cielo─; el conjunto también avala la teoría del doctor Munro Edmonson sobre la existencia de un marcador calendárico en la zona, de modo que la estela viene a representar una fecha importante para la cultura cuicuilca.

Lo anterior denota a Cuicuilco como una zona arqueológica clave para comprender el desarrollo cultural en Mesoamérica, pues los pocos vestigios ahí encontrados son por lo general considerados entre los más antiguos conocidos a la fecha, como sucede con las dos esculturas de Huehueteotl que se resguardan en el museo anexo.

Lamentablemente, la zona volvió a caer en el deterioro y el olvido. Si bien se volvió a explorar en otras ocasiones desde que fue redescubierta y a pesar de que se sabe que fue una ciudad tan grande e importante como Teotihuacan, el desordenado crecimiento de la urbe continúa día con día destruyendo la información oculta de nuestro pasado a favor de edificios empresariales y consorcios comerciales, tal cual sucedió con la construcción del edificio de Elektra y la Plaza Cuicuilco del Grupo Carso.

Por tanto, el basamento circular de Cuicuilco, con sus tres cuerpos y subestructuras divididos en 130 metros de diámetro, edificado mediante un sistema constructivo consistente en apisonados de tierra y cinturones de piedra, junto a las tres pirámides rescatadas en Villa Olímpica, la que se esconde en el Parque Ecológico de Loreto y Peña Pobre, más los contenedores de agua y demás riquezas bajo el suelo de la plaza comercial, aguardan a que en algún momento los factores políticos, económicos y culturales del país despierten en interés de las autoridades por rescatar la vasta información que yace aún sepultada bajo el manto volcánico, la que bien podría ser un parteaguas cultural.

Y, sobre todo, antes de que le metan “pala y pico” como suele suceder a pesar de los supuestos dictámenes que prohíben construir en zonas arqueológicas si no hay dinero de por medio y antes de que los trabajadores se entreguen a la tarea de saquear la zona para cambiar bolsas repletas de material arqueológico por comida o por una módica suma; material que además pierde su utilidad al no haber sido catalogado debidamente en el estrato mismo donde se hallaba.

Mas, con todo, el modelo cosmogónico de Cuicuilco intenta sobrevivir envuelto por el bullicio del Periférico y la contaminación ambiental, sirviendo por lo menos al baile del Sol sobre su superficie.